La literatura como un barco que navega en corrientes infinitas. De eso se trata Litterae, el texto que Melina Albor, alumna de 2° año, escribió y compartió con su compañeros y compañeras del Club del Cuento.

A continuación el relato completo:

Litterae

Nadie sabe exactamente dónde comenzó, como normalmente sucede con las mejores cosas. Esas cosas que embriagan de un modo excitante que parece conducir a la locura, a la dependencia, y en cierta parte lo es; una locura que provoca torbellinos en la mente, dignos de llamarse huracán. Que nos envuelven, nos arrastran, marcan nuestra mente y corazón de manera infinita, indispensable, inolvidable; marcas que sólo se perciben cuando la víctima –la víctima, que también es la parte beneficiada– recuerda esas marcas –que son finas líneas que surcan nuestro centro, como pequeños hilos dorados bordados hasta la raíz de este–.

Ahora que ya conocen su poder, les hablaré del barco. Sí, un barco. Pero, como cada historia dice sobre su protagonista infaltablemente, no es cualquier barco. Ni se acerca a los ordinarios.

Es la pieza más colosal creada por la humanidad, de tal magnificencia que sus mismos creadores podrían parecer indignos de su propia creación. Suena más a un regalo divino, hasta compasivo, desde lo más alto, que dejó en nuestras manos algo tan perpetuo, magno. Pero no es así al fin, sino que es una muestra casi mágica del punto más alto al que nuestra existencia pudo llegar.

Aunque parezca un paraíso inalcanzable que nos vemos obligados a presenciar desde abajo, debemos hacerlo nuestro –porque nuestro es–, apreciándolo, perpetuándolo.

Este barco, creado a través de la historia, es más grande que cualquier océano –por lo que navega en corrientes infinitas de las que no hay mapa–, una monstruosidad incapaz de ser derribada ni por la más vil corriente, por las olas más feroces o las más desgarradoras rocas. Él mismo crea corrientes imparables a su paso, olas feroces al cambiar de dirección y convierte en filosas piedras a los restos de las montañas que derriba.

Este barco, inconmensurable para los más sabios, dispensable para muchos otros; este barco, Litterae, es de incontables habitaciones, todas conectadas entre sí, todas con tesoros más valiosos que el tiempo, tesoros que perduran –y perdurarán –desde el momento de su creación, junto con sus creadores.

Este barco –con un mástil que llega hasta el cielo…, más alto que eso, tanto como el que lo escale pueda imaginarlo–; este grande de los grandes –de timón solitario, pues nunca tuvo comandante, quizá no lo es ninguno o un poco de todos a la vez–, posee salvavidas de letras, pisos de papel y una placa, reluciente a pesar de los siglos, que lo titula en el material más suntuoso “Litterae”.

A través del tiempo, inmortales, luces de esperanza entre tantas manchas de ignorancia, abrieron nuevas habitaciones. Prepararon sus tesoros, los pulieron hasta que estuvieron listos, y los confiaron entre tantos del imponente navío. Así confiaron sus tesoros, su salvación, lo que era parte de su alma, por lo que ahora permanece póstumamente vivo su ser.

Algunos tardaron en confiarlos; otros dejaron sus tesoros junto con su vida y nunca supieron que fueron llevados allí; otros tienen habitaciones exclusivamente para ellos, llena de perlas, piedras relucientes, oro por montones y diamantes de pensamiento.

Y aquella inefable embarcación recorre el mundo, incansable –recorre mundos dentro de los que lo conocen, ya que él también es uno–. Parece tan etéreo y a la vez audaz, navegando con sabiduría, al alcance de todos y tan inalcanzable. Atemporal, intocable, y lo cierto es que se puede bajar su ancla a la realidad y traerlo al “aquí y ahora” con sólo alzarse de puntitas y tomar una novela del viejo estante, y esos actos son el ancla que no lo aleja del presente –volviéndolo imperecedero– mientras viaja –con aire melancólico y llevando infinitos en las velas donde se refleja el amanecer, tenue y solemne– entre las aguas de la eternidad.

Melina Albor