El cuento presentado a continuación fue escrito por Martina Rincón –alumna de 5to año– en el marco de un concurso literario organizado por la Universidad Blas Pascal.

Esa noche me desperté sangrando. No tuve que ir al médico para saber que era un aborto natural. Entonces me decidí: enviaría la carta.

Mi marido no quería que la mandara. Temía perder el trabajo. “Sembrar soja es para lo único que sirvo”, decía. Y aunque para mí siempre era un poco drástico, él lo veía como una verdad indiscutible.

Apenas se hicieron las seis y él se fue al campo, yo me escabullí a la oficina del correo más cercana y con los únicos $87 que tenía guardados logré cubrir la estampilla y el sobre para enviar la carta al Ministerio de Salud de la Nación.

Al segundo que la había entregado, el orgullo y la satisfacción aplastaron el miedo que tenía. La había escrito unos meses antes con papá. Él era el único de la familia que cursó estudios universitarios y el más culto de nosotros. Pero además él siempre sintió un profundo compromiso y un hambre de justicia con respecto a este tema. En la carta detallé cómo los agrotóxicos destruyen la vida de todos nosotros. Adjunté estudios de la malformación genética con la que mi hermanito había nacido, y que lo hizo estar prácticamente toda su vida en estado vegetal. Conté, en forma detallada, sobre mis cuatro abortos naturales y de las dificultades respiratorias que tenemos todos nosotros que vivimos acá rodeados de campos de cultivo. La envié con mis mayores esperanzas, estaba segura de que al ver nuestro sufrimiento, nos ayudarían.

La respuesta llegó 47 días después. Era una respuesta automática que decía que tomaban en reclamo y especificaba además el número correspondiente del mismo. Agregaba que si quería más información fuera a las oficinas que se encuentran en la Ciudad de La Plata.

Papá para ese momento ya estaba bastante grave así que decidí ir sola. Le conté finalmente a Sergio, mi amor, y él me facilitó todo el dinero que teníamos ahorrado con el objetivo de algún día conseguir una casita, para que yo pudiera viajar. Y así lo hice. Una semana después, estaba en Buenos Aires.

El proceso fue muy largo. Estuve viviendo en las calles de La Plata durante diez meses. Sola. Sola pero con la convicción de que papá se iba a salvar y que gracias a nuestra denuncia ahora todos tomarían conciencia del peligro de los agrotóxicos y obligarían a las empresas a suspender permanentemente la utilización de ellos. Por la salud pública. Por el bien de todos.

Luego de arduas entrevistas y mucho tiempo esperando una respuesta firme, me cita el Secretario del Ministro, encargado de la Secretaría de Promoción de la Salud, Prevención y Control de Riesgos, quien de una manera extremadamente desagradable me explica que mi tema no era tan importante como para ocupar parte de la agenda y que además mi pedido era una locura que atentaba contra la evolución productora del país. Por supuesto que yo volví a repetirle todos los argumentos que tenía, todas las situaciones traumáticas que vivimos día a día, y la cantidad de vidas que salvaríamos si lográsemos una agricultura sostenible. Se quedó en silencio unos segundos y me dijo: “¿Sabe qué pasa señora? Su causa no la conoce nadie. Y por lo tanto, a nadie le importa. Retírese por favor y déjeme ocuparme de cosas verdaderamente relevantes”.

Tres semanas después de esa reunión, me llega el llamado de Florencia, que para quienes no saben es una de mis hermanas, en donde decía que papá había fallecido. Fue completamente devastador. Lo único que quería era llegar a despedirlo. Y lo logré. De hecho, acá estoy. Todos los que estamos aquí presentes sabemos la persona increíble que él era, no hace falta que yo lo explique. Simplemente me limitaré a decir que en lo personal, a mí me enseñó todo.

Cuando estaba armando este discurso no sabía bien qué decir. Pero decidí contar esta historia primero para reivindicarlo y que todos supieran que si yo logré hacer todo esto fue gracias a él. Y segundo porque quiero decirte a vos, pa, donde quiera que estés, que no me voy a rendir; que la lucha que empezamos un día juntos sigue; y que aunque la leucemia producida por esos agrotóxicos te robaron lo más preciado que tenías, la semillita que vos sembraste para esta lucha los va a exterminar a ellos.

Para quienes no saben, el mismo día de la reunión con el Secretario inicié una campaña llamada “Son ellos o nosotros” para promover la eliminación de estos métodos agrícolas. Cualquiera puede participar y ya muchas personas están colaborando como pueden para difundir nuestra situación, y para que nunca más se pueda decir que este es un tema que no lo conoce nadie.

Que en paz descanses viejito. Gracias por darme la fuerza. Y gracias a todos por venir a despedir a mi papá.